Líbero


Cuando era bebé (o sea, 6 o 7 años), mi papá me regaló un Game Boy. Era una edición especial que incluía un juego. A ese en específico, aunque no recuerde su nombre le agarré mucho cariño, aunque fuera muy simple. Así, fui coleccionando muchos juegos que me iba regalando mi familia. 

Un día, bajando de un taxi, olvidé mi bolsa de cartuchos. La niña bajó jugando, qué esperaban. Nos dimos cuenta 20 segundos después, pero el amable señor taxista no los quiso devolver. Creo que ese día interioricé el trauma de no perdonarme por dejar ir algo. Es algo que sigo trabajando, en fin...

Luego, salió el NintendoDS. Yo quería (quizá) renovarme, pero la condición que me pusieron para obtenerlo era despedirme primero del GameBoy. Error#2. Mismo trauma que arrastro hasta hoy: dejar ir así, sin más.

Luego vino el Wii y también muchos juegos. Nos divertíamos en familia; de esas veces que, aunque con 30 años, no quieres ir al baño para no suspender el juego,poniendo la alfombra en riesgo. Esos juegos también se los robaron. Ahí fue directamente de su mueble bonito, en mi casa. A la fecha, cuando tengo ganas de jugar algo, voy y busco el disco, pero al no encontrarlo por ningún sitio, acabo por anotarlo en la lista de juegos desaparecidos de mi vida, que parece no tener fin.

Ya he hablado varias veces de esto, pero ahora es distinto. Ahora quisiera ir dejando un recuerdo de aquello que me dio mucha diversión efímera. Solo para no recordarlo con tristeza, sino con añoranza.

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