Atención
Es una palabra que me cuesta trabajo pronunciar, no porque sea difícil, sino por lo que significa para mí.
Atender mi cuerpo,
mi mente,
mi alma,
mi ciclo de sueño,
mi hambre,
mi dolor,
mis ganas de hacer algo,
mis tareas,
mi cita con el doctor,
mi tiempo en familia,
mi hora de dibujar…
Es nefasto tener que prestar atención a todo lo que sucede en mi mundo, porque seamos realistas, cada quién tiene su mundo. Mi mundo social se reduce a mi teléfono. Llevo dos años así y no me gusta. Ya le dije a mi familia y a mi terapeuta que estoy conciente de mi adicción y que por favor, dejen de recordármelo. Vivo en una realidad en la que francamente ya no sé qué es real. Hasta se ve extraño, ¿no? Pero prometo que la sensación lo es más:
Soñar me cansa.
Pensar me confunde.
Hablar me inquieta.
Vivo con el deseo latente de que llegue ese instante en que todo esté calmado para que yo pueda hacer las actividades que quiero. Eso no va a pasar, la Naturaleza no es así. Lo que sí es constante, es la fatalidad y la negrura con la que siempre escribo. Me gusta, pero no me encanta. La persona que decidió escribir era diferente. Representa otra etapa de mi vida que ya quiero ¿trascender? Esa ya no quiero ser yo, pero ¿en qué estaba?
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