Luna llena

Sentir que tenía que ganarme el amor de todo mundo. Esa es la sensación con la que he crecido la mayor parte de mi vida.

Me ha venido costando un par de meses sacarme esas esporas del corazón. Lo sé, no es fácil. No me culpo por eso. El hecho de recordarme tan frágil siempre hace que se me inunden los ojos, incluso en este momento…

Leo frases que dicen: Si tienes que ganarte un lugar en su vida, ahí no es. ¿Cómo que ahí no es? ¿Y qué si un bebé abandonado en la basura te cree que ahí no es? ¿Cómo esperas sobrevivir en un mundo donde solo hay sies y noes?

Un alma desamparada en el mundo. De hecho, tengo un trauma que explica eso. ¿Y ahora? ¿Qué se supone que haga? Así nos enseñan a sobrevivir en esta dinámica social: Gánate la beca, gánate el puesto, gánate la confianza, gánate el sueldo, gánate las felicitaciones, gánate, gánate, gánate. No me sorprende que también tengamos que ganarnos el amor y respeto propios.

Mi educación esencial fue en un sistema Montessori; claro, después de ganarme unas regañizas tradicionalistas. Mi sueño ha sido ganarme la consideración de otras almas. Entré en crisis cuando me llegó la idea de que la gestación del sistema Montessori se dio en un ambiente de abandono…

¿Ahora también tenemos que ganarnos un espacio en los tiempos del otro?

Autogestiónome… ¿Y luego? ¿Por qué piensan que quiero ganarme un lugar en la sociedad que te deja sola desde que naces?

Quiérete, ámate, gústate, cotízate, supérate, desmuéstrate… ¿Quién fue el primero que aventó al aire esa competencia de mierda? Ahora estamos inmersos en un mundo donde esperamos ser el primero que se afirme frente a la adversidad y le demuestre a los otros que sí pudo. Incluso si se sentía mal, incluso si abandonó su país, incluso si no quería, incluso si hacía seis horas de recorrido diario…

Sentada, cansada y llorando, decidí que renunciaba a querer ganar, a querer ganarme. Un día me prometí que dejarían de decirme que fuera paciente, que dejaría de aceptar que me calificaran de desconfiada, que dejaría de probarme que puedo cumplir mis metas. Ese día me rendí. Me rendí a la gente. Me rendí a la vida. Me rendí a mi tiempo. Me arranqué los ojos y me regocijé en mi lago de sangre.

Pasaron las cosechas y volví a respirar.  No me gané el aire. Tampoco nadie me dijo que me lo había ganado. Lo respiré. Solo lo tomé y después de un tiempo lo solté. Así he venido haciendo. 

Ni siquiera trato de hacer alquimia con mis emociones. Solo las siento y platico con ellas. A veces funciona con las personas. Otras veces solo dejo que se vayan y disfruto del silencio que, no gané, sino que solo existe. Pasa y no se tiene que reafirmar ante la nada. Existe porque puede. Es porque es, así sin argumentos ni justificación.

Mi secreto es que, en cada vela apagada, solo deseo vida. No le rezo a nadie. No tengo que pedirle nada a nadie. A veces ni siquiera me pido a mí. Sé que mi cuerpo es, con y a pesar de mi conciencia. Hay situaciones que ni la voluntad controla. Ahora vivo medicada porque al parecer, quien domina la mente domina al mundo. Ni siquiera la mente domina al cuerpo, mucho menos creeré ideas empresariales o agustinas.

Estoy bien. No tengo ganas de morir pronto. Sé que puedo morir pronto. ¿Y qué? La respuesta a mi problema existencial no es llegar al final, sino disfrutar del proceso. Punto. Así, sin más. Encontré la máxima de mi ser, incluso sin haberla buscado. No me la gané, solo la sentí. No fue el destino, fui yo. Mi Naturaleza habló por sí sola y no le tuve que preguntar a la Cultura su opinión, porque la primera precede a la segunda.


No me gané la vida, solo la tomé.

-F

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